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OPINIÓN

La utilidad de lo inútil en tiempos de inteligencia artificial

14 de julio de 2026

Gabriel Ibarra Pardo

Socio en Ibarra Rimon – Signature
Canal de noticias de Asuntos Legales

En una época obsesionada con la eficiencia, la agilidad, la celeridad y la obtención de resultados, La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, ofrece una reflexión de enorme vigencia: no todo lo valioso puede justificarse por su rendimiento inmediato. Hay conocimientos y verdades que parecen inútiles porque no producen una ganancia inmediata y tangible, pero son precisamente los que preservan la dignidad, la libertad y los valores o patrimonio moral de una sociedad.

La reflexión es de gran importancia para el mundo del derecho y para las controversias que están en boga en torno de la IA.

Buena parte de lo que se persigue con la tecnología gira alrededor de la eficiencia: analizar ingentes volúmenes de información y data, sintetizar expedientes, investigar precedentes jurisprudenciales, sistematizar actividades y, sobre todo, bajar costos.

En la justicia colombiana, además, la mora judicial no es un asunto menor: ella puede equivaler, en la práctica, a una denegación de justicia. Por eso no sería de recibo ignorar herramientas que pueden llevar a combatir o solucionar este problema estructural que ha alcanzado niveles críticos y que cada día se agrava más.

La pregunta es cómo lograr una justicia más ágil sin sacrificar aquello que la legítima. Escuchar, motivar, garantizar el derecho de contradicción, revisar y responder por la decisión no son obstáculos a la justicia; son principios constitucionales que deben ir de la mano de todo método y herramienta de agilización, incluida la IA.

Aquí es donde debemos reparar en las reflexiones de Ordine, que cuestionan una educación reducida a utilidad económica y resultados inmediatos, y que deberían considerar las facultades de derecho.

El abogado del futuro no será mejor jurista por usar más herramientas de IA, sino por saber adaptarlas a principios, al contexto y por no delegar y descuidar su responsabilidad.

La IA no reemplaza la prudencia, la empatía, la imaginación institucional ni la comprensión de la condición humana.

El riesgo no es solo que las máquinas hagan tareas de abogados. El mayor peligro es que los abogados empiecen a pensar como máquinas: sin historia, sin sentido de justicia y sin conciencia de los límites del cálculo. Que comiencen a caer en la denominada falacia antropomórfica: atribuirle a la IA cualidades humanas que esta no tiene, tomar todo lo que ella pronuncia de manera acrítica y delegarle el recto criterio.

En ese escenario, las humanidades son una protección ante los riesgos cada vez más sutiles pero muy peligrosos de la tecnología.

También en la justicia algorítmica hay una “utilidad de lo inútil”.

La experiencia humana, la transparencia y la empatía no son lujos pasados de moda; ellos hacen la diferencia porque son las cualidades que impiden que el ciudadano quede sujeto a una autoridad mecánica e inescrutable.

De ahí que el debate sobre IA y justicia no debe gravitar alrededor de lo que puede automatizarse, sino de lo que no se puede perder o sacrificar.

Si la tecnología sirve para mejorar el acceso a la justicia, mejorar la calidad de las decisiones y liberar tiempo para el juicio humano, será bienvenida. Si lo que va a hacer es sustituir la responsabilidad por automatismo y la deliberación por cálculo, terminará empobreciendo y erosionando el Estado de Derecho.

La lección de Ordine es clara: lo aparentemente inútil —la cultura, la filosofía, la literatura, la duda— puede ser lo más necesario. En tiempos de inteligencia artificial, el derecho necesita tecnología; pero necesita aún más aquello que nos recuerda por qué juzgar es una tarea humana.

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